Entrevista extraida de la
pagina web www.elementos.buap.mx
(mexico) realizada por François Burkhardt.
François Burkhardt:
¿Piensa usted que el concepto de transversalidad
puede ser un concepto útil para la música?
Luciano Berio: [...] La música vive
la transversalidad de siempre, tanto en el plano concreto
de sus realizaciones, como en el plano conceptual y expresivo.
El trabajo musical está, por su naturaleza, muy diversificado.
Por ejemplo, para poder escuchar una nueva composición
se necesitan muchos intermediarios, especialistas que interactúan
entre ellos con diversas actividades: el compositor, naturalmente,
que no sale de la nada, le sigue el editor, el copista,
la difusión, el intérprete, el agente, el
estudio, el ensayo, la organización del concierto,
el lugar de la ejecución, la relación con
el público y, finalmente, la audición de la
obra que puede ser reproducida, difundida y vendida en diversos
medios. La música tiene raíces muy profundas
en el mundo de las ideas, pero también una relación
muy articulada con el mundo del trabajo, con la técnica,
con el pragmatismo de la vida de todos los días,
y también con el mundo del consumo musical. Esto
hace a la vida del compositor algo similar a la del arquitecto,
rodeado de colaboradores. La técnica de ejecución,
los instrumentos musicales y los espacios de la ejecución
musical son también lugares de la memoria que dialogan
con las obras musicales en una relación de influencia
recíproca, tal como las catedrales, los puentes,
los rascacielos y los museos hablan entre sí y con
la vida de quienes los habitan. Dijimos anteriormente que
la música vive la transversalidad de siempre. Para
Severino Boezio, la música era uno de los instrumentos
principales de la especulación filosófica.
Las leyes del universo eran esencialmente leyes musicales.
Con la aritmética, la geometría y la astronomía
–las otras disciplinas del quadrivium–, la música
era instrumento de disciplina y formación intelectual.
Hoy, también, las nuevas tecnologías informáticas,
no siendo lugares tangibles de la memoria, pueden condicionar
la creatividad musical y parecen convertirse en una señal
de transversalidad o, más sencillamente, en un instrumento
de indagación interdisciplinaria. También
la música vocal y el teatro musical son experiencias
transversales.
FB: Conocemos su amistad con el arquitecto
Renzo Piano. ¿Es la relación arquitectura-música
la base de esta amistad? ¿Interpreta usted como músico
la arquitectura de Piano?
LB: Conocí a Renzo Piano cuando
él estaba construyendo, junto con Richard Roger,
el Centro Pompidou y, en particular, el ircam, el corazón
musical del centro donde yo estaba contratado. Pero es sobre
todo en Turín, durante los trabajos de restauración
del Lingotto, donde fuimos vecinos y soñamos juntos.
Lingotto es la fábrica que la Fiat construyó
en 1925; tiene una longitud de medio kilómetro y
es el primer gran ejemplo de arquitectura industrial. Me
interesaba la posibilidad de habitarlo musicalmente de una
nueva manera, no con una música impuesta, sino que
ésta se insertara sutilmente en los intersticios
de la vida y del trabajo cotidiano e incluso en los ritmos
estacionales del edificio que es, en efecto, una parte de
la ciudad. Quería también experimentar nuevas
tecnologías que rediseñaran acústicamente
el espacio en su continuidad. Todo esto, junto con otros
aspectos del proyecto, también entusiasmaba a Piano
porque tocaba una tecla fundamental de su pensamiento: lo
que destaca a la arquitectura como bloque y lo que permite
soñar y desarrollar un lugar de su continuidad, real,
virtual, espacial y también temporal. Es imposible,
para fortuna nuestra, reducir el trabajo de Piano a una
perspectiva homogénea, a modas, a maneras y estilos
recurrentes. Amamos aquellas cosas en las que reconocemos
un poco de nosotros mismos. Así, yo estoy profundamente
cercano a Piano porque su trabajo es una vasta y profunda
exploración y, en fin, habla y canta. Habla con la
voz de quien hace las cosas respetando los mínimos
detalles, es decir, respetando las microformas, con la voz
del arquitecto y del artesano, del poeta y del albañil.
Pero canta también con la voz del sabio y del soñador,
del rigor y de la libertad, de quien tiene, en suma, una
visión clara de la macroforma. Se vive la música
un poco de la misma manera, pero sin olvidar que la música
se representa ante todo a sí misma, es autorreferencial,
mientras que la forma arquitectónica nos proyecta
siempre a lo otro. Pero a propósito del hablar y
del cantar, quisiera agregar que Renzo Piano canta cuando
con el aeropuerto de Osaka celebra el vuelo de la gaviota,
cuando con el Centro Georges Pompidou nos propone, junto
con Roger, la imagen irreverente de una nave con su chimenea,
sus escaleras y sus tubos al viento, que atraca en el muelle
de Marais. Piano también canta cuando, con el Museo
de la Ciencia de Amsterdam, nos hace asistir al poético
y un tanto irónico naufragio de una gran nave en
un pequeño canal de la ciudad. Canta verdaderamente
y hace cantar cuando, en el Centro Cultural Tjibaou, en
Nueva Caledonia, los vientos alisios transforman aquellas
sorprendentes conchas, aquellos ligeros edificios ovales,
en instrumentos musicales.
FB: ¿Puede imaginar usted el uso
del sonido, del tiempo, del ritmo, de la vibración
o de la armonía para describir una obra arquitectónica?
¿Sostendría la tesis de Hans Poelzig según
la cual la arquitectura es “música petrificada”?
LB: Si tuviera que hacerlo, preferiría
pensar en la música como en una arquitectura sonora,
como en una casa para habitar. Pero siempre se trata de
estratagemas retóricas, de metáforas, repetidas
inevitablemente que, sin embrago, en lo sustancial no sirven
para nada ni para nadie. Un discurso sobre posibles relaciones
entre los conceptos de forma en música y en arquitectura
es seguramente más interesante; pero éste
es un libro que todavía falta por escribir.
La música ha tenido en el pasado, de Bach a Mahler,
sus catedrales, sus palacios, sus puentes, sus torres y
sus fortalezas. También la música del novecientos,
de Mahler a hoy, ha tenido sus edificios, sus ciudades y
sus construcciones polivalentes. Y es la música popular
la que tiene sus villas, sus jardines, sus casas de campaña
con sus geranios y sus sombrillas sobre la playa que el
viento se lleva...
FB: Son muchas las relaciones entre arte
y música (basta pensar en el paralelismo entre la
revolución musical y la pictórica de la vanguardia
de los años 1910; o también las citas de Kandinsky
que, refiriéndose a la obra de Schönberg, decía
que la música era “la madrina de la abstracción”
y también que era necesario “introducir la
disonancia en la pintura”). ¿Cuáles
son las obras pictóricas, además de las obras
musicales, que han influenciado su música?
LB: Sobre las relaciones entre arte y música
a partir de los años 1920, ya se ha dicho y proclamado
todo. Kandinsky fue una presencia fundamental en la evolución
del pensamiento pictórico y visual en general. Como
ya en Cezanne, también en la pintura de Kandinsky,
forma, color y diseño se asimilan a lo otro. Encuentro
en el discurso de Kandinsky, muchas veces, una dimensión
intelectualmente gesticulatoria que no me interesa, lo mismo
cuando dialogo con Schönberg. Las obras pictóricas
y poéticas que han penetrado más profundamente
en mi trabajo son las de Cezanne, Klee, Pollock, y la de
muchos contemporáneos, entre ellos Burri.
FB: ¿La grafía de las partituras
de Ligeti, Schnabel, Reich, puede ser leída como
“gráfica-musical”? ¿Utiliza usted
este tipo de escritura? ¿Le atribuye a esta partitura
un valor artístico pictórico?
LB: La gráfica musical no es separable
de las funciones concretas específicas que debe asumir.
Es un poco como el timbre, que es el resultado de diversos
factores acústicos y musicales, y es el reflejo de
idea y de necesidad musicales. Además de la significativa
e inevitable diferencia “caligráfica”,
es comprensible que a las “grafías” de
Bach, Beethoven, Debussy, Boulez, Ligeti y Reich se les
confiera un cierto valor estético. Pero este valor
adjunto es indiferente, la mayoría de las veces,
a la sustancia de la experiencia musical. Quien cultiva
la “gráfica” por sí, tiene grandes
problemas con la música porque no ha entendido que
la notación musical debe prescribir los comportamientos
específicos antes que describir los resultados.
FB: La arquitectura moderna tiene una mala
relación con el folklore, la música, en cambio,
ha considerado siempre la música popular como una
legítima fuente de inspiración, como lo demuestran
las obras de Dvorak o las de Stravinski. ¿Cómo
se explica esta diferencia?
LB: Depende de lo que se entienda por folklore.
No creo que sea útil a la arquitectura profundizar
y desarrollar los criterios y las razones que están
detrás de las cabañas de barro y hojas en
África Central. El músico, en cambio, puede
estar interesado en transcribir y desarrollar lo que la
gente canta y toca en aquellas cabañas. Si por folklore
se entiende, en cambio, lo diverso y lo más simple,
entonces las cosas son diferentes. Uno de los ejemplos más
extraordinarios de la asimilación del folklore en
arquitectura es la experiencia del jardinero Joseph Paxton,
un genio que ha transferido a la arquitectura su experiencia
en la construcción de invernaderos. Fue el primero
en usar el acero y la resistencia del mismo. Su Palacio
de Cristal (Crystal Palace) puede ser visto como una emanación
del “folklore” del invernadero. Lamentablemente
fue destruido por el fuego. Quizás fue una venganza
de la madera.
FB: En su libro Lezioni americane (en español,
Seis propuestas para el nuevo milenio), Italo Calvino propuso
estos temas para el nuevo milenio: levedad, rapidez, exactitud,
visibilidad, multiplicidad. ¿Piensa que son éstos
valores sostenibles para un futuro musical?
LB: Quiero mucho a este libro. Los cinco
criterios, los cinco temas pueden estar ciertamente relacionados
con la música, pero también con las finanzas,
la publicidad, la política, la filosofía y
la poesía. Y en la música éstas son
algo diferentes, en una dimensión menos conductual,
como el silencio, por ejemplo.
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