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 El cine y la música son medios de expresión basados en lo vibrante (luz y sonido) y en una combinatoria selectiva de tiempos. Desde los tiempos en que el cine se ayudaba de un pianista a oscuras, que matizaba con mayor o menor intensidad lo que ocurría en la pantalla, la música se ha incorporado a la cinematografía como un personaje más.

Anteriormente al cine sonoro ya existía el sonido en el cine. Los cineastas y proyectistas se habían preocupado de ello, pues el cine nace con voluntad sonora. En las primeras filmaciones cortas en que aparecen actores y actrices bailando, el espectador no oye la música, pero puede observar sus movimientos. Por otra parte, rara vez se exhibían las películas en silencio.

Los hermanos Lumiére, en 1897, contrataron un cuarteto de saxofones para que acompañase a sus sesiones de cinematógrafo en su local de París. Todos los instrumentos eran válidos para hacer música en el cinematógrafo aunque el piano era normalmente el más apetecido.

 

En 1908, la composición del francés Camille Saint-Saëns (1835-1921), para la película de Charles le Bargy El asesinato del Duque de Guisa, está considerada como la primera partitura musical del cine. Entre las obras de este compositor destacan la ópera Sansón y Dalila del año 1877, y la partitura de Mihail Ippolitov-Ivanov para la película Stenka Razin. Ambas están consideradas como las primeras bandas sonoras originales de la historia del cine. Lejos de convertirse en una mera anécdota, pronto se convirtió en ejemplo para otras películas, comenzándose a crear temas específicos para algunas películas y, poco a poco, fueron desapareciendo las bandas de música de los cines de la época.

La razón de que el cine ilustrado musicalmente sea más antiguo que el hablado es sencilla: adaptar un acompañamiento musical en vivo es algo mucho más fácil que grabar y sincronizar la palabra hablada con las imágenes.

Las nuevas técnicas, el espíritu creativo y emprendedor de los cineastas, hizo que se impusiera el cine sonoro, acabando con el cine mudo. Cuando el cine sonoro demostró su rentabilidad, las películas mudas, a pesar de su arte, quedaron condenadas a pasar a la historia.

En 1926 se estrenó en Nueva York Don Juan, con efectos sonoros y una partitura sincronizada; posteriormente con varios cortos se fueron perfeccionando los sistemas sonoros. El 6 de octubre de 1927 se estrenó El cantor de jazz (The Jazz Singer), considerada la primera película sonora de la historia del cine, que hizo tambalear todos los planes del momento del cine mudo. Hacia 1930 el sonoro era un hecho, y el cine mudo había sido definitivamente vencido; el cine mudo había durado 35 años

Cuando El cantor de jazz saltó a la escena, músicos de muchas partes del mundo llevaban ya tiempo componiendo para el cine partituras musicales con indicación de orden, secuencia, minutado y nombre de la pieza interpretada; verdaderos tesoros que los escasos presupuestos o los espacios públicos destinados a un arte tenido entonces por menor casi nunca permitían ejecutar en toda ley; tesoros como la sinfonía de seis movimientos que Saint-Saëns compuso para la película  El asesinato del duque de Guise (1908), partitura para un conjunto de cuerdas piano y órgano. El músico de Griffith, Joseph C. Breil, hizo algo parecido para Nacimiento de una nación (1914) e Intolerancia (1916). Eric Satie o Darius Milhaud se sumaron rápidamente a la lista y empezó una carrera que hoy día culminan multitud de compositores, tanto especializados en la música de cine como venidos de otros ámbitos musicales, que sumando la vibración de sus sonidos a la de la luz de una película, consiguen emocionarnos.

 

El cine sonoro no era simplemente el mudo con sonido incorporado, sino una nueva forma de expresión que tenía que reconciliar lo real (la grabación de palabras y sonidos) con lo irreal (la imagen bidimensional), mientras que el cine mudo había sido una unidad armoniosa, completa por sí misma

Algunos directores de fotografía afirman que el cine sufrió un inmenso retroceso al llegar el sonoro, pues limitó enormemente las posibilidades creativas del mismo.

En los años 30, la música en el cine vuelve a transformarse. Se deja de usar toda una partitura para toda la película y se comienza a elegir temas para escenas mas concretas. En dicha época, se destaca una cierta profesionalización, destacando Erich Wolfgang Korngold y Max Steiner.

Fue este último, Max Steiner, quien revolucionó en parte las películas de la época, demostrando que se podía llegar a hacer una partitura original totalmente sincronizada con las imágenes; esto ocurrió en 1933, en una película King Kong.

Con los años 40, llegan nuevas promesas que hacen del mundo de las bandas sonoras una perfección aún mayor. Desde la comedia musical de Broadway, llegaron títulos como: La banda de Alexander, de Alfred Newman, o  El mago de Oz, de Herbert Stothart. De las salas de conciertos y de la ópera: Robin de los bosques, de Erich Wolfgang Korngold, El padrino, parte II, de Nino Rota,  o El Cid y Ben-Hur de Miklós Rozsa. Y de la radio: Ciudadano Kane de Bernard Herrmann,  y Por quién doblan las campanas, de Victor Young.

       

 

En cuanto a compositores de música clásica, podemos citar a Aaron Copland, Virgil Thomson, Arthur Bliss, Arnold Bax, Jacques Ibert, Malcolm Arnold entre muchos otros.

Durante la posguerra, surgen nuevos autores, procedentes de la llamada música ligera y del jazz, como por ejemplo: el neoyorquino Elmer Bernstein (Los 10 mandamientos),  Maurice Jarre (Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago), Henry Mancini (Desayuno con diamantes y La pantera rosa), y Alex North (Un tranvía llamado deseo)

A mediados de la década de 1950, la mejora técnica de los sistemas de grabación sonora, contribuyó positivamente para que el gran público comenzara a tomar más en cuenta la música de las películas. Algo que se haría evidente en los grandes filmes épicos de los cincuenta y sesenta. Esto provocó que los estudios vieran otro filón de oro, por lo que animaron a sus compositores a escribir temas vendibles, es decir, melodías y canciones que pudieran editarse y venderse en disco. Como ejemplo, el de la canción “Moon River”, compuesta por Johnny Mercer y Henry Mancini para la película de Blake Edwards Desayuno con diamantes; que vendió más de un millón de copias.

A lo largo de los años, las películas han demostrado ser vehículos de difusión muy eficaces para la música, y han convertido en clásicos algunos temas, que ayudaron a atraer a los espectadores nuevamente a las salas de cine. Destacamos: Cantando bajo la lluvia del director Staley Donen, West Side Story de Robert Wise, El violinista en el tejado de Norman Jewison, El padrino de Francis Ford Coppola.

Componer específicamente una partitura para cine, a fin de crear sentimientos, acentuar atmósferas, para acoplar la música a las imágenes cinematográficas, requiere una capacidad por parte del creador para interiorizar las emociones que el realizador pretende provocar en determinados momentos del argumento cinematográfico.

La banda sonora de un filme tiene que reforzar, con sus efectos, las intenciones de cada secuencia, sea con orquestaciones, con ritmos diferentes o incluso con el recurso de los silencios.

Hoy en día, cuesta mucho hacerse a la idea de que una película va a estar ausente de una Banda Sonora. De hecho, las grandes producciones cinematográficas, ya sean trilogías o musicales, suelen dar bastante importancia a estos nuevos temas, ya que de ellos dependen que una escena concreta sea mas violenta, inquietante o romántica.

Sin duda, la Banda Sonora es pieza indispensable para una película. Lo fue ayer, lo sigue siendo hoy y lo seguirá siendo mañana.

Artículo realizado por: Arantzazu García Calderón.

Todos los derechos reservados.

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